domingo, 17 de mayo de 2026

El mito de Cuniraya Huiracocha

"Como había allí una lúcuma madura, introdujo su semen en ella y la hizo caer cerca de la mujer".
"Como había allí una lúcuma madura,
introdujo su semen en ella y la hizo caer cerca de la mujer".

Dicen que, en los tiempos antiguos, Cuniraya Huiracocha recorría las tierras bajo la apariencia de un hombre muy pobre. Andaba envuelto en una capa y una cusma reducidas a harapos, de modo que muchos, sin reconocerlo, lo tomaban por un mendigo lleno de piojos.

Sin embargo, aquel hombre era quien daba vida y orden a las comunidades. Bastaba su palabra para preparar la tierra de cultivo y afirmar los andenes. Con solo arrojar una flor de cañaveral llamada pupuna, hacía brotar acequias desde sus manantiales. Así, con prodigios constantes, humillaba a los huacas locales, revelando la fuerza de su saber.

En aquellos tiempos vivía una mujer llamada Cahuillaca, también huaca, que aún permanecía doncella. Su belleza era tal que todos los huacas y huillcas deseaban unirse a ella, pero ninguno lograba ser aceptado.

Ocurrió que un día, mientras ella tejía bajo un lúcumo, Cuniraya, valiéndose de su astucia, se transformó en ave y ascendió al árbol. Allí encontró una lúcuma madura; en ella depositó su esperma, que luego hizo caer cerca de la joven. Ella, sin sospecha alguna, la comió, quedando encinta sin haber sido tocada por hombre alguno.

Nueve meses después, Cahuillaca dio a luz, aunque seguía siendo doncella. Durante un año crió sola a su hijo, amamantándolo en silencio, mientras crecía en ella la incertidumbre sobre la identidad del padre.

Al cumplirse el año, convocó a todos los huacas y huillcas en Anchicocha para que reconocieran al niño. Ellos acudieron con sus mejores vestiduras, seguros cada uno de ser el elegido. Sentados ante ella, escucharon su voz:

“¡Contempladlo, señores! ¡Reconoced a este niño! ¿Quién de vosotros es su padre?”

Uno a uno fueron negando su paternidad. Cuniraya, como era su costumbre entre los pobres, permanecía apartado, ignorado por la multitud.

Entonces la madre ordenó que el propio niño buscara a su padre. El pequeño, aún a gatas, avanzó entre los presentes sin detenerse ante ninguno, hasta llegar donde estaba Cuniraya. Allí, con alegría, se aferró a sus piernas.

Al verlo, Cahuillaca fue consumida por la ira y el desgarro:

“¿Cómo habría podido yo dar a luz el hijo de un hombre tan despreciable?”

Dicho esto, cargó a su hijo y se encaminó hacia el mar.

Cuniraya, confiado, exclamó:

“Ahora sí me amará”.

Y, cubierto con un resplandeciente traje de oro, partió tras ella. Su luz llenó la tierra y todos los huacas locales sintieron temor al verlo. La llamaba insistentemente:

“Hermana Cahuillaca, mírame. Ahora soy hermoso”.

Pero ella no volvió la mirada. Seguía su camino hacia el mar, decidida a desaparecer para siempre. Al llegar a la orilla, en el lugar donde aún hoy se alzan dos piedras semejantes a figuras humanas frente a Pachacámac, se transformó en piedra en el instante mismo de su llegada.

Cuniraya la seguía llamando desde la distancia. En su camino encontró a distintos seres del mundo, y a cada uno le preguntó por el paradero de la mujer. Según sus respuestas, definía su destino:

Entonces se encontró con un cóndor.

—Hermano, ¿dónde te encontraste con esa mujer?

—Aquí cerca está, ya casi la vas a alcanzar —respondió el cóndor.

—Siempre vivirás alimentándote de los animales de la puna; cuando mueran, sean huanacos, vicuñas o cualquier otro, tú los comerás. Y si alguien te mata, él también morirá a su vez —dijo Cuniraya.

Enseguida se encontró con una zorrina.

—Hermana, ¿dónde te encontraste con esa mujer?

—Ya no la alcanzarás; está muy lejos —respondió ella.

—No caminarás de día, sino de noche; vivirás odiada por los hombres y despidiendo un olor insoportable —la maldijo.

Luego se encontró con un puma.

—Ella aún anda por aquí, te estás acercando —dijo el puma.

—Serás muy querido; las llamas del hombre culpable serán tu alimento, y cuando mueras, te harán bailar en grandes fiestas, colocándote sobre la cabeza —le prometió.

Después se encontró con un zorro.

—Ella ya está lejos —dijo el zorro.

—Serás despreciado; te tratarán como animal sin valor y tu piel será arrojada sin respeto —respondió Cuniraya.

Más adelante encontró un halcón.

—Casi la alcanzas —dijo el halcón.

—Tendrás fortuna; te alimentarán bien y, al morir, te honrarán con llanto, llamas y danzas sobre la cabeza —le concedió.

Finalmente encontró unos loros.

—Está muy lejos, no la alcanzarás —gritaron.

—Serán perseguidos por destruir cultivos y vivirán odiados por los hombres —los condenó.

Así, cada vez que recibía buenas noticias, otorgaba fortuna. Pero cuando escuchaba malas palabras, lleno de ira, lanzaba maldiciones.

De esta forma, llegó hasta la orilla del mar y regresó hacia Pachacámac. Allí halló a las hijas de Pachacámac bajo la custodia de una serpiente. Aprovechando la ausencia de la madre, ultrajó a la menor de ellas; cuando intentó hacer lo mismo con la otra, esta se transformó en paloma y escapó volando. Desde entonces, a su madre se le conoce como Urpayhuachac: “la que da a luz palomas”.

En aquellos tiempos no existían peces en el mar. Era Urpayhuachac quien los criaba en un estanque dentro de su morada. Pero Cuniraya, movido por el resentimiento tras su encuentro con Cahuillaca, arrojó todos los peces al océano. Así, se dice, el mar quedó poblado de peces.

Cuando la hija menor de Urpayhuachac relató lo ocurrido, la diosa se llenó de ira y decidió vengarse. Fingiendo bondad, lo llamó con el pretexto de quitarle las pulgas. Cuniraya aceptó, sin advertir que ella hacía crecer una gran peña sobre él para aplastarlo.

Sin embargo, el huaca, siempre astuto, descubrió el engaño y logró escapar a tiempo. Desde entonces, siguió su camino por las tierras, engañando a huacas locales y a los hombres que encontraba a su paso.

Adaptado de la versión de Gerald Taylor en Ritos y tradiciones de Huarochirí del siglo XVII (1987).

"Todavía se encuentran dos piedras semejantes a seres humanos,
en Pachacamac mar adentro".








domingo, 6 de diciembre de 2020

Zygmunt Bauman sobre la «mixofobia»



La «mixofobia» es una reacción —muy difundida y altamente predecible— a la escalofriante, inconcebible y perturbadora variedad de tipos y estilos de vida humanos que coexisten en las calles de las ciudades contemporáneas y en los más «comunes» (…) de sus barrios. A medida que crece la polivocalidad y la variedad cultural del entorno urbano de la era de la globalización (...) las tensiones provocadas por la indignante/confusa/irritante falta de familiaridad del ambiente seguramente seguirá estimulando el impulso segregacionista.
La expresión de esos impulsos puede (temporaria pero repetidamente) aliviar la tensión. Al menos ofrece una esperanza: las irritantes y desconcertantes diferencias pueden ser irreparables e intratables, pero tal vez se le pueda quitar el veneno al aguijón asignando a cada forma de vida su propio espacio individual, exclusivo e inclusivo a la vez, bien delimitado y bien protegido. (...) La «mixofobia» se manifiesta en el impulso a dirigirse hacia islas de similitud y semejanza en medio del mar colmado de variedades y diferencias.
Las raíces de la «mixofobia» son banales y se identifican sin problemas: es fácil entenderlas, pero no es necesariamente fácil perdonarlas. Como afirma Richard Sennett, «el sentimiento del ‘nosotros’, que expresa el deseo de semejanza, es una manera de evitar la necesidad de que los hombres se observen más profundamente». Podríamos decir que incluye la promesa de algún consuelo espiritual: la perspectiva de hacer que la unión sea más soportable eliminando el esfuerzo de entender, de negociar, de conceder que exige convivir con la diferencia. 
(…) El atractivo de una «comunidad de semejantes» es el mismo que tiene una póliza de seguro contra los riesgos que colman la vida cotidiana de un mundo polifónico. No disminuye los riesgos, menos aún los elimina. Al igual que todos los paliativos, sólo promete un refugio de los efectos más inmediatos y más temidos
Elegir la opción de la huida inducida por la «mixofobia» tiene una insidiosa y nociva consecuencia: la estrategia se torna cada vez más autoestablecida y autoalimentada cuanto más ineficaz resulta. Sennett explica por qué es así —y debe ser así— en este caso: «Durante las últimas dos décadas, las ciudades de los Estados Unidos han crecido de tal manera que las áreas étnicas se han hecho relativamente homogéneas; no parece casual que el miedo al extraño haya aumentado al punto de que esas comunidades étnicas también hayan sido aisladas». Cuanto más tiempo permanecen las personas en un entorno uniforme, en compañía de otros «como ellos» con los que pueden «socializar» mecánica y prácticamente, sin incurrir en el riesgo de ser malentendidos y sin tener que luchar con la molesta necesidad de traducir entre distintos universos de sentido, más fácil será que «desaprendan» el arte de negociar sentidos compartidos y un modus convivendi.
(…) El impulso hacia un entorno homogéneo y territorialmente aislado puede estar alimentado por la «mixofobia», pero la práctica de la separación territorial es el salvavidas y la fuente de alimentación de esa misma «mixofobia».

Bauman, Z. (2003). Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (M. Rosenberg, Trad.), pp.91-92.



sábado, 25 de julio de 2020

Zygmunt Bauman y la compulsión convertida en adicción.

Las recetas para lograr una buena vida y los accesorios necesarios para ese logro tienen "fecha de vencimiento", pero casi todos dejarán de ser utilizables antes de esa fecha, disminuidos, devaluados y despojados de sus atractivos por la competencia de ofertas "nuevas y mejores". En la carrera del consumo (…) destinada a alcanzar la elusiva promesa de una vida libre de problemas- no tiene fin: tiene línea de largada, pero no de llegada. Así, seguir corriendo, la gratificante conciencia de seguir en carrera, se convierte en la verdadera adicción, y no en el premio que espera a aquellos que crucen la línea de llegada (…) El deseo se convierte en su propio objetivo, un objetivo único e incuestionable. El rol de todos los otros propósitos, perseguidos sólo para ser abandonados en la próxima vuelta y olvidados en la siguiente, es mantener al corredor en carrera. (…) En un mundo donde el rango de objetivos es demasiado amplio, siempre más amplio que los medios disponibles, uno tiene que atender con la mayor dedicación al volumen y la efectividad de esos medios. Y seguir en carrera es el medió más importante, el meta-medio, el medio de mantener viva la confianza en otros medios, que siempre tendrán demanda.
El arquetipo de la carrera que corre cada miembro de la sociedad de consumidores (en una sociedad de consumo todo es a elección, salvo la compulsión a elegir, la compulsión que se convierte en adicción y que por lo tanto deja de percibirse como compulsión) es la actividad de compran. Seguiremos en carrera mientras compremos.
(...) Ir de compras no atañe solamente a la comida, los zapatos, los autos o el mobiliario. La ávida e interminable búsqueda de nuevos y mejores ejemplos y de recetas de vida es otra variedad de salida de compras, y por cierto muy importante a la luz de la enseñanza que nos dice que nuestra felicidad depende de la competencia personal, pero que somos (…) personalmente incompetentes, o no tan competentes como podríamos serlo si nos esforzáramos más. Hay demasiadas áreas en las que deberíamos ser más competentes, y cada una de ellas requiere "una salida de compras". Salimos a "comprar" la capacitación necesaria para ganarnos la vida y los medios de convencer a los potenciales empleadores de que poseemos esa capacidad; a "comprar" la clase de imagen que nos convendría usar y el modo de hacer creer a los otros que somos lo que usamos; a "comprar" maneras de conseguir los nuevos amigos que deseamos y de librarnos de los amigos que ya no deseamos, maneras de atraer la atención y maneras de ocultarnos del escrutinio, maneras de extraer mayor satisfacción del amor y de no volvernos "dependientes" del amado o el amante, maneras de ganarnos el amor del amado y de terminar de la forma menos costosa esa unión cuando el amor se esfuma y la relación ya no nos complacerá "comprar" la mejor manera de ahorrar dinero para las malas épocas y de gastarlo antes de ganarlo; a "comprar" los recursos necesarios para hacer más rápido lo que tenemos que hacer y las cosas destinadas a llenar el tiempo que nos ha quedado libre; a "comprar" los alimentos más exquisitos y la dieta más efectiva para librarnos de las consecuencias de haberlos comido, los amplificadores más potentes y de mayor fidelidad y las píldoras más eficaces contra el dolor de cabeza. La lista de compras no tiene fin. Sin embargo, por larga que sea, no incluye la opción de no salir de compras. Y la competencia más necesaria en nuestro mundo de objetivos infinitos es la del comprador diestro e infatigable.

Bauman, Z. (2015). Modernidad líquida (M. Rosenberg, trad.), pp. 78-79-80.





La crítica en la sociedad líquida.



A veces escuchamos la opinión de que la sociedad contemporánea (...) es poco hospitalaria con la crítica (…). El punto es, sin embargo, que la sociedad contemporánea ha dado al “ser hospitalaria con la critica” un sentido totalmente nuevo y ha encontrado el modo de acomodar el pensamiento y la acción críticos permaneciendo a la vez inmune a los efectos de ese acomodamiento, emergiendo así intacta e incólume fortalecida en vez de debilitada—de las pruebas y los exámenes a lo que la somete esa política de puertas abiertas. El tipo de hospitalidad que ofrece a la crítica la forma actual de la sociedad moderna puede compararse con el esquema de un predio para acampar. El lugar está abierto a todos aquellos que tengan su propia casa rodante y suficiente dinero para pagar la estadía. Los huéspedes van y vienen, a nadie le interesa demasiado cómo se administra el lugar en tanto y en cuanto a los clientes se les asigne el suficiente espacio como para estacionar su casa rodante, los enchufes y los grifos estén en buen estado y los propietarios de las casas cercanas no hagan demasiado ruido y mantengan bajo el volumen de sus televisores portátiles y de sus equipos de audio cuando anochece (…). Lo que esperan de los administradores del establecimiento es que tan sólo (y nada menos) los dejen tranquilos y no los molesten. A cambio, se comprometen a no desafiar la autoridad de los administradores y a pagar puntualmente. Y como pagan, también exigen. (...) De tanto en tanto, reclamarán un mejor servicio; si son directos, decididos y no tienen pelos en la lengua, hasta puede que consigan lo que piden. Si se sienten estafados o defraudados, los conductores se quejarán y reclamarán lo que les corresponde pero jamás se les ocurrirá cuestionar o renegociar la filosofía administrativa del lugar, y menos aun hacerse cargo de la responsabilidad de llevarlo adelante ellos mismos. (…) Cuando, siguiendo su propio itinerario, finalmente se van, el lugar queda tal y como estaba antes de su llegada, indemne a su paso y a la espera de otros nuevos por llegar; si las quejas registradas por sucesivas tandas de acampantes se van acumulando, los servicios prestados por el establecimiento podrán ser modificados para impedir que un descontento reiterado se haga oír nuevamente en el futuro.

Bauman, Z. (2015). Modernidad líquida (M. Rosenberg, trad.), pp.29-30.






La otredad de los otros...

Claude Lévi-Strauss, el más grande antropólogo cultural de nuestro tiempo, señaló en Tristes trapiques que a lo largo de la historia humana se emplearon dos estrategias para enfrentar la otredad de los otros: la antropoémica y la antropofágica.
La primera estrategia consistía en "vomitar", expulsando a los otros considerados irremediablemente extraños y ajenos: prohibiendo el contacto físico, el diálogo, el intercambio social y todas las variedades de commercium, comensalidad o connubium. Hoy, las variantes extremas de la estrategia "émica" son, como siempre, el encarcelamiento, la deportación y el asesinato. Las formas superiores y "refinadas" (modernizadas) de la estrategia "émica" son la separación espacial, los guetos urbanos, el acceso selectivo a espacios y la prohibición selectiva de ocuparlos.
La segunda estrategia consiste en la denominada "desalienación" de sustancias extrañas: "ingerir", "devorar" cuerpos y espíritus extraños para convertirlos, por medio del metabolismo, en cuerpos y espíritus "idénticos", ya no diferenciables, al cuerpo que los ingirió. Esta estrategia revistió también un amplio espectro de formas: desde el canibalismo hasta la asimilación forzosa -cruzadas culturales, guerras de exterminio declaradas contra las costumbres, calendarios, dialectos y otros "prejuicios" y "supersticiones" locales-. La primera estrategia tendía al exilio o la aniquilación de los otros; la segunda, a la suspensión o la aniquilación de su otredad.

Bauman, Z. (2015). Modernidad líquida (M. Rosenberg, trad.), p.109.



Zygmunt Bauman y los espacios vacíos


Las diferencias pueden ser vomitadas, devoradas, alejadas, y hay lugares que se especializan en cada una de esas alternativas. Pero las diferencias también pueden ser "invisibilizadas", borradas a la vista. Ése es el logro de los "espacios vacíos". Tal como proponen Jerzy Kociatkiewicz y Monika Kostera, quienes acuñaron el término (…).

Durante uno de mis viajes como docente (a una ciudad populosa, extendida y vital del sur de Europa), me recibió en el aeropuerto una docente joven, hija de una pareja local de profesionales educados y ricos. Se disculpó advirtiéndome que el trayecto hasta el hotel no sería fácil y llevaría mucho tiempo, ya que no había manera de evitar las atestadas avenidas que atravesaban el centro de la ciudad y donde el tráfico estaba constantemente embotellado debido a su densidad. Mi guía se ofreció a llevarme en auto nuevamente al aeropuerto el día de mi partida. Como yo sabía que conducir en esa ciudad era una tarea agotadora, le agradecí su amabilidad y le dije que tomaría un taxi. Y lo hice. En esta segunda oportunidad, el trayecto hasta el aeropuerto demoró menos de diez minutos. Pero el taxista fue serpenteando por calles bordeadas de viviendas pobres, precarias, olvidadas (…) La afirmación hecha por mi guía, que me había asegurado que no había manera de evitar el tráfico del centro, no fue falsa. Fue sincera y fiel a su mapa mental de la ciudad en la que había nacido y en la que vivía desde entonces. Ese mapa no tenía registro de las calles de los "barrios bajos" por los que me llevó el taxista. En el mapa mental de mi guía sólo había, pura y simplemente, un espacio vacío.

Bauman, Z. (2015). Modernidad líquida (M. Rosenberg, trad.), p.112.


El mito de Cuniraya Huiracocha

"Como había allí una lúcuma madura, introdujo su semen en ella y la hizo caer cerca de la mujer". Dicen que, en los tiempos antigu...